jueves, 14 de noviembre de 2013
martes, 10 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
lunes, 19 de agosto de 2013
EJEMPLO DE RESEÑA VALORATIVA
Pesimismo y desilusión en el jorobadito
Esta obra titulada El jorobadito es un cuento, escrito por
Roberto Arlt. Y forma parte de los nueve
relatos reunidos en el volumen que lleva este nombre, publicado en 1933
posterior a las novelas El juguete
rabioso (1926), Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), las cuales
fueron el punto de partida de la novela argentina contemporánea.
El título de El jorobadito,
podría simbolizar el mundo mutilado del narrador, no sólo físicamente sino un
mundo lleno de pesimismo, desilusión,
pero sobre todo de incertidumbre, un mundo grotesco, corcovado, abandonado de
todos.
Se trata de un cuento narrado en primera persona, puesto que el
narrador quien probablemente pertenece a la clase media, nos presenta sus
reflexiones, percepciones y desesperanzas. Los dos protagonistas establecen una
relación mutua pero incompatible, cuya amistad resulta incongruente, es una
relación más bien utilitaria, puesto que, el narrador pretende usar al
jorobado, a quien apodó Rigoletto, para deshacer el compromiso de matrimonio
con Elsa.
En este cuento, los
protagonistas representan un acusado individualismo que puede encontrarse en
las experiencias personales de su autor, la cual determinó la visión negativa
de la institución familiar y de la mujer, visión que proyecta su rechazo a la
institución del matrimonio.
Sin embargo, todo parece indicar que los personajes protagonizan una simbiosis conseguida
de manera óptima entre la deformación corporal de Rigoletto y la postura
ambigua del novio ante la vida y frente a la humanidad.
De factura realista
en El jorobadito, la voz burlona o
cínica del narrador se encarga de parodiar el drama de un mundo que se
desmorona, hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien no
reconoce los valores y la utilidad de los esfuerzos. Por ello, la única salida
se concreta en la transgresión, en la degradación que permite una absurda
apariencia del ser y en la perversidad que, al menos para él, permite una
absurda certeza, la de existir en el mal.
Introducir a un
personaje como Rigoletto, figura típicamente picaresca y grotesca como
el mundo del narrador, y concebir el relato como un flujo de recuerdos en una
prisión, apoyado sólo en la memoria del narrador, con el montaje retrospectivo
que nos recuerda la técnica del flashback fue un gran acierto de Roberto
Arlt. En este caso, representa una afirmación de la temática
realista, ahora en un ambiente urbano, donde la urbe es entendida como un
agente destructor, la salvaje barbarie que se encuentra en plena confrontación
con la mente humana.
El final se conoce
desde el principio de la exposición, pues el lector llega a conocer el hecho
consumado: el asesinado del jorobadito.
Etiquetas:
Redacción: Reseña valorativa
viernes, 12 de julio de 2013
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viernes, 12 de abril de 2013
martes, 1 de mayo de 2012
LOS CÓDICES. Pulsar para acceder a la página que contiene información relevante.
Los códices, hechos con láminas de papel de amate o de piel de venado, dispuestas en forma de biombos de pequeñas proporciones y resguardadas en sus extremos por cubiertas de madera, eran verdaderos libros en los cuales las altas culturas de Mesoamérica registraban hechos mitológicos o reales. Los códices eran un medio de salvar del devenir de la historia, por medio de la línea y el color, la cronología, la ciencia astronómica, la mitología y las glorias militares con la consecuente tribulación de los pueblos sometidos, asegurando la continuidad del conocimiento mágico de los sacerdotes y afirmando la conciencia del poder temporal de los gobernantes.
Igual que las de los murales, pero más finas y miniadas, las figuras de los códices constituyen un alarde de maestría de oficio de los tlacuilos que los hacían. El color, plano y sin matices, llena los espacios interlineales del dibujo, armonizado en contrastes decisivos, alegres y audaces casi siempre, como una prueba más de la sabiduría cromática que caracteriza a todos aquellos pueblos.
Los códices, hechos con láminas de papel de amate o de piel de venado, dispuestas en forma de biombos de pequeñas proporciones y resguardadas en sus extremos por cubiertas de madera, eran verdaderos libros en los cuales las altas culturas de Mesoamérica registraban hechos mitológicos o reales. Los códices eran un medio de salvar del devenir de la historia, por medio de la línea y el color, la cronología, la ciencia astronómica, la mitología y las glorias militares con la consecuente tribulación de los pueblos sometidos, asegurando la continuidad del conocimiento mágico de los sacerdotes y afirmando la conciencia del poder temporal de los gobernantes.
LÍNEA Y COLOR
Igual que las de los murales, pero más finas y miniadas, las figuras de los códices constituyen un alarde de maestría de oficio de los tlacuilos que los hacían. El color, plano y sin matices, llena los espacios interlineales del dibujo, armonizado en contrastes decisivos, alegres y audaces casi siempre, como una prueba más de la sabiduría cromática que caracteriza a todos aquellos pueblos.
Sólo cuatro códices aztecas de importancia artística se han salvado: el Borbónico, el Tonalámatl de Aubin, la Matrícula de Tributos y la Tira de la Peregrinación, todos ellos coloreados, excepto el último que está hecho sólo a línea.
El Códice Borbónico –hoy en la Biblioteca del Congreso, en París– es el único de este grupo que fue realizado antes de la Conquista. Los demás son copias ejecutadas en el transcurso del siglo XVI, a partir de los códices originales prehispánicos, empero, a pesar de ello, conservan todo el sentido simbólico e incluso el tratamiento artístico de sus modelos.
El Códice Borbónico consta de dos partes principales: una estrictamente calendárica y adivinatoria, en la que se suceden, lámina tras lámina, las figuras de los dioses de los meses, de los glifos de los días y de los pronósticos del Tonalámatl (Calendario Ritual) para los hombres que nacían bajo tal o cual signo; la otra parte, ceremonial, registra las festividades religiosas con un cuidadoso detallismo que les imprime vitalidad: ofrendas y danzas frente a los templos, juegos de pelota, procesiones espectaculares y, al final, la ceremonia del "fuego nuevo", como centro de un círculo de sacerdotes y guerreros que encienden en la hoguera sagrada sus haces de cañas para inundar nuevamente de luz el mundo.
De la "quema" de Maní sólo se salvaron los tres códices mayas que ahora se conocen: el Dresden, el Tro-Cortesiano y el Peresiano. Los dos primeros pintados al finalizar la época clásica de la Cultura Maya (siglos X o XI) y el último en tiempos cercanos a la llegada de los españoles.
El contenido de estos tres códices es estrictamente religioso. En sus láminas aparecen, en sucesión infinita, dioses y sacerdotes oficiantes dibujados con líneas fluidas y sensuales que destacan las figuras sobre fondos de color plano de indescriptible sutileza.
El Códice Dresden, el más hermoso de los tres, es un libro astronómico. El Códice Peresiano, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de París, está compuesto por hojas plagadas de dioses y jeroglíficos suavemente coloreadas con verdes y sienas.
El Cortesiano, o Tro-Cortesiano, el más reciente, demuestra en su tratamiento la decadencia de la Cultura Maya.
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